Valdivieso & Co.VALDIVIESO & CO.

O·700 Works

Cuando el camino se cierra, encuentra el principio

Sebastian ValdiviesoThrough the Labyrinth

El corredor cerrado

Una restricción puede bloquear una forma concreta de alcanzar algo sin bloquear necesariamente aquello que buscábamos en esencia. Ése es el punto que muchas veces resulta difícil de ver cuando una posibilidad importante se cierra. Podemos descubrir que ya no podemos realizar determinada actividad, que una meta que perseguíamos dejó de estar a nuestro alcance o que el camino que habíamos elegido simplemente no continúa. La limitación puede ser completamente real. El problema aparece cuando convertimos esa limitación específica en una conclusión mucho mayor y asumimos que, porque no podemos avanzar por ese camino, tampoco podemos alcanzar aquello que realmente buscábamos.

Por eso me resulta útil pensar la vida como un laberinto. Cuando llegamos a un corredor cerrado, podemos aceptar que por allí no hay manera de continuar. Pero tener conciencia de que estamos dentro de un laberinto cambia la interpretación del problema: ese corredor no representa toda la estructura. Hay otros caminos, otras bifurcaciones y otras partes del laberinto que desde nuestra posición actual ni siquiera podemos ver. Encontrarlas puede exigir desandar parte de lo recorrido, volver a una bifurcación anterior y probar otra dirección. La idea del laberinto sirve precisamente para recordar que un camino cerrado puede ser una limitación real sin ser, por ello, el límite de todas nuestras posibilidades.

En la vida esta distinción es particularmente importante porque tendemos a vincular aquello que queremos con una manifestación específica. Podemos querer ejercer determinada profesión, practicar cierta actividad, construir un proyecto particular o alcanzar una meta que durante años hemos imaginado de una sola manera. Con el tiempo, esa forma concreta puede empezar a confundirse con el objetivo mismo. Cuando deja de ser posible materializarla, fácilmente concluimos que también hemos perdido aquello que buscábamos a través de ella. Sin embargo, esa conclusión contiene un supuesto que todavía no hemos examinado: que esa forma era la única capaz de entregarnos lo que realmente valorábamos.

Ahí comienza, en mi opinión, la parte más interesante del problema. La primera respuesta frente a un corredor cerrado no debería ser negar la pared ni insistir indefinidamente en avanzar por donde ya no se puede. Pero tampoco necesariamente consiste en resignarse y abandonar todo aquello que había detrás de nuestra aspiración. Antes necesitamos entender qué era exactamente lo que estábamos buscando.

Extraer el principio

La capacidad de abstracción permite realizar esa operación. Abstraer, en este contexto, significa dejar de mirar solamente la actividad concreta y preguntarnos qué propiedades contenía que la hacían significativa para nosotros. Una aspiración puede atraernos por su nivel de excelencia, por la dificultad que implica, por la maestría que exige, por la autonomía que entrega, por la intensidad de la experiencia, por la competencia de alto nivel, por su reconocimiento o por la posibilidad de que aquello que hacemos llegue a otras personas. Cada individuo puede extraer una combinación diferente, incluso observando exactamente la misma actividad.

Siempre me ha interesado la Fórmula 1, pero aquí me sirve sobre todo porque lleva esta distinción a un extremo particularmente visible. Es una categoría extraordinariamente selectiva. Muchísimas personas pueden amar el automovilismo, seguirlo durante toda su vida e incluso practicar alguna forma de competición, mientras que sólo una fracción minúscula tendrá alguna vez la posibilidad real de competir en Fórmula 1. Para casi cualquiera que haya sentido alguna vez esa atracción, convertirse efectivamente en piloto de esa categoría será un corredor cerrado.

Si nos quedamos sólo con la forma literal, la reflexión termina allí: no puedo ser piloto de Fórmula 1. Pero la capacidad de abstracción permite hacer una pregunta distinta: ¿qué es exactamente lo que me atrae de la Fórmula 1? En mi caso, veo excelencia, dificultad, selectividad, competencia de alto nivel, maestría, intensidad y exposición internacional. Otra persona podría responder de una manera completamente diferente. Podría sentirse fascinada principalmente por la ingeniería, por la búsqueda permanente de optimización o por la combinación extraordinariamente exigente entre potencia, precisión y control.

Esta diferencia importa porque cada una de esas respuestas abre posibilidades distintas. Quien encuentra el aspecto ingenieril como elemento central puede descubrir algo parecido en el desarrollo aeroespacial o en otros campos donde se trabaja cerca del límite de lo técnicamente posible. Quien valora especialmente la excelencia, la maestría o la competencia entre individuos extraordinariamente capaces puede encontrar esos mismos principios en actividades que, vistas desde la superficie, parecen no tener relación alguna con el automovilismo.

Un piloto de Fórmula 1 y un economista que alcanza el máximo reconocimiento de su disciplina hacen cosas materialmente muy diferentes. Uno conduce un automóvil a velocidades extremas; el otro puede pasar décadas desarrollando ideas, modelos o investigación. Sin embargo, si elevamos el nivel de abstracción, empiezan a aparecer ciertas propiedades comunes: dominio extraordinario de un oficio, años de preparación, competencia con personas altamente capaces, exigencia sostenida, selectividad y la búsqueda de un nivel de desempeño que muy pocos alcanzan. La conexión no está en la actividad visible. Está en los principios que ambas pueden encarnar.

Ése es, para mí, el valor real de abstraer. Permite detectar una estructura que no era evidente mientras permanecíamos apegados a la forma concreta. La Fórmula 1 continúa siendo Fórmula 1 y conducir uno de esos automóviles sigue siendo una experiencia que ninguna otra profesión puede reproducir. Hay elementos de cualquier actividad que son irreemplazables. La abstracción no pretende borrar esas diferencias. Lo que permite es distinguir qué parte de nuestro deseo pertenecía exclusivamente a esa experiencia y qué parte respondía a principios que también pueden existir en otros lugares.

Una vez hecha esa separación, el problema cambia. Ya no se trata simplemente de encontrar otra actividad porque la primera quedó fuera de nuestro alcance. Se trata de preguntarnos dónde más puede vivir aquello que hacía valiosa a la actividad original. La forma puede desaparecer mientras la esencia permanece disponible.

Cuando aparece otro camino

Esta lógica puede aplicarse a situaciones mucho más habituales. Una persona puede haber asociado durante años su desarrollo profesional con alcanzar determinado cargo y descubrir que ese camino finalmente no se abre. La pregunta relevante entonces no se limita a qué otro cargo puede conseguir. Conviene entender qué buscaba a través de esa posición: quizás mayor autonomía, capacidad de decisión, reconocimiento, profundidad intelectual o la posibilidad de trabajar sobre problemas más importantes. Una empresa puede encontrarse con una situación parecida cuando un producto, una industria o un modelo de negocio dejan de ofrecer el camino que originalmente esperaba, mientras las capacidades que desarrolló para competir allí siguen teniendo valor bajo otra forma.

En ambos casos existe una diferencia entre buscar un reemplazante y encontrar una nueva materialización del principio. Un reemplazante entendido como premio de consuelo conserva intacta la jerarquía original: aquello que realmente queríamos se perdió y ahora debemos conformarnos con algo inferior. La abstracción permite una posibilidad distinta. Una nueva actividad puede compartir suficientes propiedades esenciales con aquello que buscábamos e incluso ajustarse mejor a nuestras capacidades, intereses y manera de ser.

Por eso, cuando un corredor se cierra, puede ser necesario retroceder no sólo en la acción, sino también en el razonamiento. Antes de preguntar qué otra cosa podemos hacer, conviene volver a una pregunta anterior: ¿qué estaba buscando realmente? Si saltamos demasiado rápido desde una posibilidad perdida hacia otra, podemos cambiar de corredor sin comprender por qué el primero era importante. En cambio, cuando extraemos el principio, la búsqueda deja de ser una sustitución mecánica y se convierte en una exploración más profunda de lo que valoramos.

Y aquí aparece una consecuencia que me parece especialmente importante. La limitación puede terminar revelando algo que antes no veíamos. A veces otra manifestación no sólo conserva parte de aquello que buscábamos, sino que lo expresa mejor. Puede conectarse más profundamente con nuestras capacidades, permitirnos alcanzar un nivel superior de desempeño o acercarnos a una forma de vida que, retrospectivamente, descubrimos que nos representa mucho más que el objetivo original.

Esto no significa que todas las restricciones puedan superarse ni que toda pérdida encuentre un equivalente satisfactorio. Hay límites reales. La edad, las capacidades físicas, el talento, los recursos, el tiempo o circunstancias particulares pueden cerrar posibilidades de manera definitiva. Reconocer esas restricciones forma parte de entender correctamente la realidad. Lo que no necesitamos hacer es ampliar automáticamente su alcance. Que una forma determinada haya dejado de ser posible no demuestra que todos los principios que buscábamos en ella hayan desaparecido también.

Por eso la imagen del laberinto vuelve a ser útil al final del razonamiento. Desde dentro vemos solamente nuestro corredor y las paredes que lo delimitan. Podemos llegar al final y sentir que allí terminó también nuestra búsqueda. Pero si recordamos que el corredor forma parte de una estructura mayor, la pared adquiere otro significado. Nos obliga a retroceder, a revisar por qué habíamos elegido ese camino y a buscar otras bifurcaciones.

A veces una de ellas nos llevará, por una ruta diferente, hacia algo muy parecido a lo que originalmente queríamos. En otras ocasiones ocurrirá algo más interesante: al buscar dónde más puede vivir el principio que valorábamos, descubriremos que habíamos confundido durante años el camino con el destino. Cuando el camino se cierra, por tanto, no siempre necesitamos encontrar inmediatamente otro camino. Primero necesitamos encontrar el principio.

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